jueves, 26 de junio de 2014


EN LA TUMBA DE MARIA


La muerte es bella   cuando la sufre un héroe…Jamás se extingue el honor de su nombre y, aún cuando yazga bajo la tierra, se hace inmortal…(Jaeguer, Paideia)

LA MARÍA, la inmortal obra de Jorge Isaacs, escrita en la Hacienda el Paraíso, Cerrito Valle del Cauca, en el Siglo XIX, y catalogada por la crítica literaria como representante de la Escuela del Romanticismo, en este año 2014, se cumplen ciento sesenta y un años de la muerte de María.  En la Hacienda El Paraíso y en Santa Helena, se conservan los recuerdos del acontecimiento literario, que conmueve  por el drama humano de sus jóvenes protagonistas: Efraín y María. El amor y la muerte: permanecen allí como testigos insomnes.

El diálogo que María y Emma, primas entre sí, confidentes del amor secreto,  sostuvieron sentadas en el banco de piedra del jardín, fue su memoria de última voluntad: “Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decírtelo:…pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas  y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que puso en mis manos en vísperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas…” Esta decisión ya le había sido anunciada a Efraín, en la última carta que recibió de María.

Era el día 9 de julio de 1853. Un día antes de su muerte, certificada a las cinco de la tarde del 10 de julio. Aproximadamente, diez y siete meses antes, Efraín había partido para Europa. Regresó ante el infortunio de la muerte, aunque esperada,  fue sorpresiva;  y a su llegada a casa ante el luctuoso hecho, Efraín preguntó:”-¿Dónde está, pues? ¿Dónde está?” “–Hijo de mi alma!- exclamó mi madre con el más hondo acento  de ternura y volviendo a estrecharme contra su seno: -en el cielo!”…

Fueron de luto severo las veladas siguientes de la familia y especialmente del amante Platónico: “Los días y las noches de dos meses habían pasado sobre su tumba y mis labios no habían murmurado una oración sobre ella” y  el 11 de septiembre de 1853, Efraín viaja de su casa paterna, escenario de los felices acontecimientos y luego del angustioso hecho,  al cementerio de Santa Helena, a visitar la tumba de María:

“A la hora y media me desmontaba ante la portada de una especie de huerto, aislado en la llanura  y cercado de palenque, que era el cementerio de la aldea. Braulio, recibiendo el caballo y participando de la emoción que descubría en mi rostro, empujó una hoja de la puerta y no dio un paso más. Atravesé por en medio de las malezas y de las cruces de leño y de guadua que se levantaban sobre ellas; el sol, al ponerse, lograba cruzar el ramaje enmarañado de la selva vecina con algunos rayos que amarilleaban sobre los zarzales y los follajes de los árboles que sombreaban las tumbas. Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos, quedé enfrente de un pedestal blanco y manchado por las lluvias, sobre el cual se elevaba una cruz de hierro. Acerquéme. En una plancha negra que las adormideras medio ocultaban ya, empecé a leer: “María…”

Esta era su segunda sensación de dolor. Fue aquel día de 1844, cuando viajó a realizar sus estudios a Bogotá y al despedirse de María, expresa:”…juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.” Ese primer dolor le hizo soñar: “Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento…” Y en una tarde estando en el corredor de la casa, frente al hermoso Valle del Cauca, en compañía de María y Emma, entonaban de manera improvisada la canción de las Hadas, compuesta por el poeta amante, que él, le susurró al oído a su amada:

“Ven conmigo a vagar, bajo las selvas
Donde las Hadas templan mi laúd;
Ellas me han dicho que conmigo sueñas,
Que me harán inmortal si me amas tú”.

Sus vidas transcurrieron entre sueños y hadas. Suplicaba maría en su última carta:”Vente… ven pronto o me moriré sin decirte adiós.” “Si vienes…sí, vendrás, porque yo tendré fuerza para resistir hasta que te vea; si vienes, hallarás solamente una sombra de María…”

El Cementerio de santa Helena, guarda los restos de María y en esa lápida yerta pueden leerse versos sentidos y frases llenas del sentimiento, arrancadas por el amor en la soledad de los sepulcros y aquí la despedida de Efraín:

“A aquel monologo terrible del alma ante la muerte, del alma que la interroga, que la maldice…, que le ruega, que la llama…, demasiado elocuente respuesta dio esa tumba fría y sorda, que mis brazos oprimían y mis lágrimas bañaban…” 

“Estremecido, partí al galope por medio de la pampa solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche…”


Jesús Eduardo campillo Parra
Mayo 5 de 2014