EN LA
TUMBA DE MARIA
La
muerte es bella cuando la sufre un
héroe…Jamás se extingue el honor de su nombre y, aún cuando yazga bajo la
tierra, se hace inmortal…(Jaeguer, Paideia)
LA MARÍA, la inmortal obra de
Jorge Isaacs, escrita en la Hacienda el Paraíso, Cerrito Valle del Cauca, en el
Siglo XIX, y catalogada por la crítica literaria como representante de la
Escuela del Romanticismo, en este año 2014, se cumplen ciento sesenta y un años
de la muerte de María. En la Hacienda El
Paraíso y en Santa Helena, se conservan los recuerdos del acontecimiento
literario, que conmueve por el drama
humano de sus jóvenes protagonistas: Efraín y María. El amor y la muerte:
permanecen allí como testigos insomnes.
El
diálogo que María y Emma, primas entre sí, confidentes del amor secreto, sostuvieron sentadas en el banco de piedra del
jardín, fue su memoria de última voluntad: “Yo necesito que lo sepas todo antes que me
sea imposible decírtelo:…pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde
están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que puso en mis manos en
vísperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas…” Esta decisión ya le
había sido anunciada a Efraín, en la última carta que recibió de María.
Era
el día 9 de julio de 1853. Un día antes de su muerte, certificada a las cinco
de la tarde del 10 de julio. Aproximadamente, diez y siete meses antes, Efraín
había partido para Europa. Regresó ante el infortunio de la muerte, aunque
esperada, fue sorpresiva; y a su llegada a casa ante el luctuoso hecho,
Efraín preguntó:”-¿Dónde está, pues? ¿Dónde está?” “–Hijo de mi alma!- exclamó
mi madre con el más hondo acento de
ternura y volviendo a estrecharme contra su seno: -en el cielo!”…
Fueron
de luto severo las veladas siguientes de la familia y especialmente del amante
Platónico: “Los
días y las noches de dos meses habían pasado sobre su tumba y mis labios no
habían murmurado una oración sobre ella” y
el 11 de septiembre de 1853, Efraín viaja de su casa paterna, escenario
de los felices acontecimientos y luego del angustioso hecho, al cementerio de Santa Helena, a visitar la
tumba de María:
“A la
hora y media me desmontaba ante la portada de una especie de huerto, aislado en
la llanura y cercado de palenque, que
era el cementerio de la aldea. Braulio, recibiendo el caballo y participando de
la emoción que descubría en mi rostro, empujó una hoja de la puerta y no dio un
paso más. Atravesé por en medio de las malezas y de las cruces de leño y de
guadua que se levantaban sobre ellas; el sol, al ponerse, lograba cruzar el
ramaje enmarañado de la selva vecina con algunos rayos que amarilleaban sobre
los zarzales y los follajes de los árboles que sombreaban las tumbas. Al dar la
vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos, quedé enfrente de un pedestal
blanco y manchado por las lluvias, sobre el cual se elevaba una cruz de hierro.
Acerquéme. En una plancha negra que las adormideras medio ocultaban ya, empecé
a leer: “María…”
Esta
era su segunda sensación de dolor. Fue aquel día de 1844, cuando viajó a
realizar sus estudios a Bogotá y al despedirse de María, expresa:”…juntó su mejilla
sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.” Ese primer dolor le
hizo soñar: “Me
dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento…” Y en una tarde
estando en el corredor de la casa, frente al hermoso Valle del Cauca, en
compañía de María y Emma, entonaban de manera improvisada la canción de las
Hadas, compuesta por el poeta amante, que él, le susurró al oído a su amada:
“Ven
conmigo a vagar, bajo las selvas
Donde
las Hadas templan mi laúd;
Ellas
me han dicho que conmigo sueñas,
Que me
harán inmortal si me amas tú”.
Sus
vidas transcurrieron entre sueños y hadas. Suplicaba maría en su última carta:”Vente… ven pronto o
me moriré sin decirte adiós.” “Si vienes…sí, vendrás, porque yo tendré
fuerza para resistir hasta que te vea; si vienes, hallarás solamente una sombra
de María…”
El
Cementerio de santa Helena, guarda los restos de María y en esa lápida yerta
pueden leerse versos sentidos y frases llenas del sentimiento, arrancadas por
el amor en la soledad de los sepulcros y aquí la despedida de Efraín:
“A aquel monologo
terrible del alma ante la muerte, del alma que la interroga, que la maldice…,
que le ruega, que la llama…, demasiado elocuente respuesta dio esa tumba fría y
sorda, que mis brazos oprimían y mis lágrimas bañaban…”
“Estremecido, partí
al galope por medio de la pampa solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la
noche…”
Jesús
Eduardo campillo Parra
Mayo
5 de 2014
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